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Para escribir acerca de uno mismo se requiere la vocación de un redactor de obituarios y la capacidad de síntesis de un escritor de epitafios.

Para ser breve, pertenezco a esa parranda de irrespetuosos que aún confiamos (los muy optimistas) que la solemnidad y la arrogancia son enfermedades curables.

Nuestro proyecto de humor editorial ya rasguña los trece años, inspirado por aquella poderosa consigna apostólica (que -de manera descarada- copió el fabricante del Viagra)

“Una sonrisa es una línea curva que lo endereza todo”

Estamos convencidos que el humor editorial tiene como función social: inducir al lector a sonreír por dos segundos y pensar por tres minutos.

Si en lo que producimos  todas las semanas se alcanza a notar un tris de irreverencia, esa virtud se la debemos  a nuestro parentesco genético con el chimpancé, una suerte de pariente político, con quien compartimos el 97.7% de nuestros cromosomas.

A los editores que publican nuestro material procuramos no causarles dolores de cabeza, estreñimiento, ni acidez estomacal. Por eso evitamos –hasta donde el estado del tiempo lo permite-  opinar sobre política, religión y sexo, incluso me abstengo de incursionar en otros asuntos altamente controversiales, como contar chistes sobre rubias.

Como es muy difícil escribir sátira sin traspasar (a veces) lo políticamente correcto, y, de paso, ofender a alguien, pido –de antemano- perdón y permiso, y que el de Arriba nos coja confesados.

Armando Caicedo

 

Armando Caicedo ha concebido dos hijos y parido cuatro libros.

El parto de los cuatro ha sido largo y doloroso.

Aquí están. Ellos se defienden solos.

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  “70 Años de Historia Detenidos en El Tiempo”

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“Viva el Obispo ¡Carajo!”

  

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“ ¿A qué Huele el Humor?”

  

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“120 Píldoras para el Día Después”

  

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