MI COLUMNA VERTEBRAL # 645

Por: © 2012 Armando Caicedo

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¡Qué campaña inolvidable!

Primero, porque sin recuperarnos de la recesión más prolongada desde la “Gran Depresión” (1929), derrochamos dinero -con la generosidad de un borracho en un antro de bailarinas- para protagonizar la campaña más costosa de la historia.

Segundo, porque descubrimos lo costoso que resulta elegir a un político.

Y tercero, porque por fin sabemos, cuánto le quedan debiendo, y a quién, los políticos electos y los derrotados.

Yo que soy un burro para la poesía, la culinaria y la política, resulté contagiado por el virus de la democracia, a tal punto, que decidí gastar todos mis ahorros en la contienda electoral.

A comienzos de junio rompí el chanchito que me regaló mi madrina para guardar mis ahorros. Le sumé las monedas de un centavo que atesoraba entre un frasco. Esos  $52 dólares + 70 centavos que junté, los dividí por 2, y –como buen patriota- envié sumas iguales a ambas campañas.

Ese día me sentí feliz.

Estaba contribuyendo a fortalecer la democracia, tal como lo dispuso la Corte Suprema de Justicia, en el 2010, cuando aceptó la tesis que “gastar en política es una forma de proteger el derecho a la libre expresión que consagra la Primera Enmienda de nuestra Constitución y que, por lo tanto, el gobierno no puede impedir que corporaciones o sindicatos gasten su dinero para promocionar u oponerse a candidatos individuales en las elecciones”.

Pero al día siguiente.. ¡Ay! Me sentí infeliz.

Los 26 dólares con 35 centavos que le doné a los demócratas y los otros 26 dólares con 35 centavos que le envié a los republicanos, ni se notaron en los balances de las campañas.

– Déjeme explicarle –me respondió una vicaria con la misma voz acaramelada de un vendedor de autos usados-  pero es que sumas inferiores a $250, no las contabilizamos. Así lo dispone el IRS.

Esa noche me enteré que en el negocio de la generosidad política me había salido un competidor. Se trató de mister Sheldon Adelson -un abuelito de 79 años- el sexto hombre más rico de Estados Unidos, que -de manera coincidencial, ese mismo día- le regaló al señor Romney, $10 millones, en un solo cheque.

Con tan bondadoso gesto, completó 70 millones en donaciones al partido republicano, y, como si fuera poco, amenazó que estaba dispuesto a gastarse hasta $100 millones, con tal de derrotar al Presidente Obama.

¿Cuántos barrigoncitos –como yo- debemos aportar nuestros ahorros para compensar el tremendo poder nuclear que mister Adelson carga entre el bolsillo derecho de atrás?

Según la aritmética electoral, el 98% de las donaciones al partido demócrata no alcanzaron $250, y el promedio de cada donación fue de $53.

Pues con tan débil poder económico hay que convencer a 1 millón 886 mil 793 tarados –igualitos a mí- para compensar el avasallador poder político que ese encantador abuelito republicano acumula en su chequera.

Conclusión: La democracia es costosa.

¿Prueba? En el intento de comprar la conciencia de los americanos los partidos se gastaron seis mil millones de dólares.

Para poder dormir en paz -sin padecer de indigestión y gases estomacales- decidí preguntarle a la tía Filomena:

– Tía, ¿qué tanta fuerza política tendré yo, en éste país?

– Más o menos… la misma fuerza de un anémico, recién purgado.

 

 

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4 Responses
  1. !!!Increible pero cierto!!!

  2. Ricardo Tribin says:

    Buenisimooo………………………

  3. hugo says:

    Disculpe, pero este articulo es sobre democracia o sobre capitalismo salvaje? Es sobre el 1% de Wall Street o sobre el 99% de los indignados?. O es que, al final, todos somos payasos del mismo circo?

  4. Hermogenes Villanueva Torrealva says:

    Los anemicos donan, los millnarios prestan. ahi la gran diferencia.

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